22 de abril de 2017

Se me ocurre comparar la visión de la mentira protectora en "Frantz", la película que vi ayer, donde la mentira es lo que era para mí cuando era una adolescente muy, muy triste y mentir me parecía absolutamente necesario, y la mentira constante, mal intencionada, desatada, cínica de los medios en estos días. No debería llamarse a esas dos actitudes con la misma palabra...
Ayer, después de mucho tiempo para mí (dos, tres semanas creo), volvimos al cine y con una amiga, en la mitad de camino entre nuestra casa y la de ella, en Belgrano (lejos para los dos grupos). Fuimos a ver Frantz, una película francesa-alemana sobre el fin de la Primera Guerra Mundial. Me gustó bastante. Muy europea en cuanto a realismo, diálogo, quedarse de este lado del mundo y no pasar nunca a la magia. Había un juego hermoso entre el blanco y negro (predominante) y el color (de vez en cuando, claramente un símbolo de que en ese instante se cree en el futuro). La película para mí era sobre la guerra (esa era la parte social que le molestó a los críticos de Página y me encantó a mí), la culpa, el suicidio y para mí (no lo vi en las críticas) sobre la necesidad de contar historias y la forma en que las historias ayudan a sobrevivir, sean verdad o no. El poder de las historias siempre me conmueve así que eso me conmovió. No fue de las películas que más amo pero realmente la pasamos bien. Me asombran las diferencias entre diferentes películas del director... ¿8 mujeres y esta? Nada que ver...

19 de abril de 2017

A mí me encantaría volver a las tardes en las que mi tía (era mi tía abuela pero yo la llamaba tía y fue mi única tía) me hacía tortas fritas porque llovía. El pan con manteca me gustaba pero con sal. para mí con azúcar no combina, lo lamento, pero la torta frita era maravillosa y el pan de batata, que llamábamos pompas también. Eso era delicioso y estaba combinado con que atrás, en la casa en la que vivía mi tía con mi abuela, se podía ver televisión más tiempo´(adelante no me dejaban). yo perseguía al Zorro. La lluvia no me gustó nunca pero las tortas fritas y las pompas que venían con ella sí.

17 de abril de 2017

El 17 de abril, en otros tiempos lejanos, anteriores digamos al cambio de siglo, cumplía años mamá. Los últimos trece, los del XXI, ella no fue ella y sigo diciendo que fueron demasiado largos para mí. Pero hoy 17 de abril, me acuerdo de esa vez en que defendió a una amiga (que papá, todavía más perfeccionista que ella, si es que eso es posible, había considerado... mal, por decir algo) y me dijo que estaba muy bien que yo tuviera amigos, que yo sí los tuviera (ella no, quería decir). O del día en que, después de la muerte de papá, me confesó que tenía un amor. Lo hizo como si pensara que yo iba a enojarme y yo me sentí tan agradecida, tan feliz, porque eso significaba vida, porque era una demostración de su capacidad para seguir adelante. Ella era tan parecida a mí en eso: no toleraba la soledad. O de la última vez que tuve un contacto real con ella (digo, personal, verdadero..., porque el Altzheimer la convertía en algo que yo no conocía y que me era, me es imposible alcanzar o sentir): estábamos en su casa y ella, que no hablaba hacía mucho, abrió la mano y me arregló un pliegue de la ropa. El gesto era tan suyo, tan mamá, tan poco mío. Un gesto que siempre me había irritado porque toda la vida yo amé, amo y supongo que siempre seguiré amando el desorden, el caos, que para mí es el lugar de la creación; porque siempre me fue intolerable no solo hacer orden sino vivir en él, el orden me es irrespirable. Ese gesto me conmovió ese día (sé que era invierno, la ropa era la que odio, gruesa, incómoda, pesada) aunque seguramente ella no sabía que yo era yo (hacía años que no me reconocía). El gesto me llegó para siempre porque en ese gesto, durante un segundo, menos, ella sí era ella de nuevo.

12 de abril de 2017

Sí, civilización y barbarie. El par binario básico con el que este país se manejó desde el señor Sarmiento. Pero sigue. Sigue. Y tiene que ver con definición, definidos y definidores. Eso está muy bien descripto en Beloved, la novela de Toni Morrison que cada tanto doy en la Facultad. Transcurre al final de la esclavitud en los EEUU. El capataz de la Plantación en que transcurre en parte se llama School Teacher, Maestro de Escuela. Y dice que él es el que define. Y que los negros, a quienes define como propiedades, cosas vendibles, no deberían ni intentar definir nada. Las definiciones no son para ellos, dice.
De otra forma, en otro contexto, es lo que están intentando ahora: definir a los que luchan contra ellos como "delincuentes", "sindicalistas" (palabra que transformaron en un insulto), kirchneristas (otro insultos), violentos, vagos, etc. No hay que dejarse. La respuesta es la de Morrison: hay que contar la historia desde este lado. Nuestra historia la contamos nosotros. No ellos.

10 de abril de 2017

Clase en un día agitado, raro y también el primero del frío (cosa que no ayuda a mi humor, por supuesto): como siempre, en mi seminario de 13 a 17, la primera media hora, 45 minutos es más solitaria. Muchos llegan bastante tarde, algunos me explican cosas del laburo, por eso yo dejo el trabajo en grupo (que es lo más lindo y el momento en que todos aprendemos más, creo yo) para las 15... y al principio doy una especie de teórico. El problema para mí es siempre que no decir..., hay tanto. Ese cuando preparo. Cuando estoy ahí, el segundo problema es que medio me voy por las ramas porque tengo mucho que agregar..., siempre, lo cual me hace sentir bien con lo que fui entendiendo a medida que pasaban los años.
Hoy empecé por el horror de la carpa y lo relacioné con nuestro tema, el dinero, la economía. Terminamos hablando de medios de comunicación, de lo que existe o no porque los medios quieren que exista o no exista, y del asunto maestros..., del hecho de que pegarle a un maestro parezca peor que pegarle a un boliviano (a los que Crónica un día no consideró "personas" según un famoso título rojo), lo cual no implica que las dos cosas no sean terribles. Después pasamos a lo que yo estaba dando, el maravilloso libro de Vogl, El espectro del capital..., que para que me guste a mí, supongo que es porque es de economía pero para los que pensamos otro tipo de cosas. Les di el capítulo dos, en el que se habla de Adam Smith y el liberalismo. Tan claro, tan perfecto, tan relevante para hoy que parece hecho para este momento exacto (y ya tiene dos o tres años, creo yo). Y todo el tiempo volvíamos de alguna forma al comienzo así que sí..., nos pasamos un cachito de tiempo y al final terminamos medio apurados a las 5..., cuando ya la cosa se ponía pesada con el horario. Me gustó. Cuando salí había llegado el invierno así que eso... no me gustó nada pero esa es otra historia.

5 de abril de 2017

Con respecto a los pantalones, fui la primera en ir a un asalto (tengo casi 60 años) con pantalones, unos pantalones negros con flores rojas, muy lindo, y bien ancho abajo como me siguen gustando. Fue una especie de revuelo general y para mí, una maravilla. Pero me dio mucho miedo hacerlo. Y con otra compañera fui la primera en ponerme pantalones debajo del guardapolvo el día que lo permitieron. Eso era porque odio el frío y en esa escuela hacía mucho...

3 de abril de 2017

Ayer, Malvinas. Acaba de preguntarme alguien si tengo escritura sobre Malvinas. No tengo. No sé por qué la historia de Malvinas me duele, como a todos, tomo partido por supuesto, y tengo mis anécdotas, pero no escribo sobre eso. No me llama para contar historias al respecto. Tal vez tiene que ver con la cosa militar... No sé por qué pero no creo que nunca escriba al respecto.
Recuerdos tengo de ese año.
Era el segundo año de nuestro noviazgo... y recuerdo mi angustia porque mi compañero estaba haciendo la colimba ese año. Así que recuerdo el espanto personal además del político. Y sí recuerdo el espanto general. La seguridad absoluta de que todo terminaba mal.
Y recuerdo muy bien lo que me pasó por ser traductora.
Una: tuve que forrar los libros (cosa que no había hecho antes y no volví a hacer jamás: me molesta, se me cae el papel, lo rompo, no gracias, soy desprolija de alma y sentimiento, me gusta la desprolijidad... demasiado para tener libros forrados) porque me insultaban en los colectivos por llevar libros en inglés. Así que leía, sí, pero con el libro medio cerrado y la tapa oculta.
Dos: Le doy clase a un tipo en una empresa (en ese momento hacía eso para sobrevivir, no me gustaba, pero era mejor que dar clase a chicos, cosa de la que soy totalmente incapaz, creo). Un ejecutivo importante que tomaba clase solo.
Me mira con algo parecido a la rabia y dice:
--Perdone que le pregunte, profe, ¿pero usted por qué enseña inglés? Digo..., ese idioma...
Yo soy mala para pensar respuestas inteligentes que destruyan al otro en el momento. No tengo chispa. No hago ni veo ni escribo humor, pero eso era lo que quería hacer. Y de pronto, se me ocurrió (una de las pocas veces en toda mi vida):
--Y usted, ¿por qué lo estudia? --le dije.
Me sentí un genio. Por lo menos el señor dejó de molestarme y no me dijo más nada.

2 de abril de 2017

Fuimos, último día, a ver a Cartier Bresson a la usina del arte. Qué lugar hermoso por fuera. Todos los edificios de la Italo eran así, tengo unos ctos bien ubicados en el Sur y en Capital. Adentro no me gustó. Las fotos, impactantes. Sobre todo, para mí q sé algo las de EEUU... Si conocer el referente, las de Asia... Fueron las q me gustaron menos. Me alegro de haber ido.

1 de abril de 2017

Ayer, Ghost in the Shell (y escuché una traducción muy pero muy zarpada y mal hecha como broma del título pero no importa, la buena sería algo así como "El espíritu en el caparazón"). Fuimos a Puerto Madero y yo sentía que era la noche perfecta: a mí me encanta ese calor hermoso de verano en la noche, ese aire cómodo, suelto, fácil de atravesar. La película me gustó mucho dentro de lo que es una historia con clichés, una típica historia de ciencia ficción pero mucho más femenina y menos machota que algunas (tanto en la literatura como en el cine, la ciencia ficción se divide en la que está escrita por hombres y mujeres, creo yo..., esta parece de mujeres en muchos sentidos, en otros no tanto). Me gustó por el arte, esa invención de ciudad bellísima y terrible, tan pero tan influenciada por Blade Runner (toda la película lo está), brillante, oscura, (pensé: si seguimos así cuando llegamos a ese nivel técnico, estamos perdidos). Me gustó por las actuaciones, todas, sobre todo la de Scarlet Johansson, que está perfecta para esta película que tiene el tono de un manga y nombres japoneses además de un personaje que habla todo el tiempo en japonés. Y me gustó porque habla de identidad..., lógico con la influencia de Philip K. Dick, totalmente fascinado por el problema de qué es ser humano en tiempos de robótica. Pero acá ese tema, tan relacionado con el individualismo (que la película defiende de más,para mí, en un discurso bastante yanqui al principio), se puede leer desde otro lado, sobre todo si es argentino. Acá el problema es arrancarle la identidad a otro, ponerle una falsa, convertirlo en algo que no es mediante el uso de una historia fraudulenta que se le inyecta en el cerebro. Robarse chicos, operarlos, usarlos para experimentos, convencerlos de que son otros. La verdad, cuando llega, es terrible. ¿No suena conocido? ¿No pasó acá y en España?

31 de marzo de 2017

El comedor atacado

Entraron.
Balas, puños, gritos,
desprecio
empecinado.
¿Por qué?, dice la mujer
de ojos duros que cocina.

Cocina,
dije.
Un verbo inofensivo.
Habla para la única cámara
y enumera:
Balas,
puños,
sangre,
gritos.
Vinieron
al refugio,
al lugar con menos hambre.
Es por eso.
Ella dice
mis criaturas.
Dice pitucos.
Dice resguardar.
Dice cocino.
¿Por qué?, pregunta.

Es por eso el ataque, digo yo.
Porque para ellos,
mirarse
a los ojos, encontrarse,
está prohibido.



No creo en la división binaria de la vida que viene con esa frase: "Hay dos clases de personas en el mundo"..., pero voy a usarla porque la de anoche fue una noche inquieta... Así que: "Hay dos clases de personas en el mundo", las que no necesitan otra cosa que apoyar la cabeza en la almohada para dormirse y nosotros, los que tenemos que apelar a rutinas, historias, vueltas, televisión, un largo trabajo de hormiga para convencer al sueño. Una de las cosas que hago cuando me doy cuenta de que sigo muy despierta es recitarme escenas de películas que recuerdo de memoria, diálogo y todo, hasta que se me mezclan con otras imágenes y entonces sé que por fin, por fin, me estoy durmiendo. En general tengo tiempo de decirme algo como "Vamos bien"... Una de esas escenas, la que me salvó anoche, es la típica scene a faire (sé que no le estoy poniendo los acentos correspondientes, ni sé dónde están, nunca escribo en francés) de las comedietas románticas que tanto me gustan. Una escena que se promete desde el principio y que, a veces, conmueve y a veces, desilusiona (a mí me desilusionó mucho la de Orgullo y Prejuicio, esperaba más emoción): reencuentros, pedidos de perdón, un beso, un abrazo, confesiones, la comprensión. No es una gran película, no, Por siempre Cenicienta, pero es una de esas que me marcó y que vi mil veces. Tengo de esas. Amo el cine intelectual (no el MUY intelectual, ese no) pero me gusta este otro también... Me sé ese diálogo final entre el príncipe y ella, me lo sé en inglés, y me imagino hasta las tomas y el fondo. Gracias por esos momentos no del todo artísticos que nos convencen, falsamente claro, de que todo está bien en el mundo (Brecht los odiaría). Porque en mi caso, ara llamar al sueño, creo, hay que sentir que todo está bien en el mundo.
A ver..., ¿era lo mismo? Estos son los momentos en que me da furia, realmente. Me dan furia ciertas ideas... que nos llevaron a esto. Lo del comedor de Lanús, acá, tan cerca, esa sensación que tienen de que pueden atropellarlo todo, todo y mentir y seguir sonriendo y mintiendo y que algunos les crean. Cuando pasan estas cosas mientras se comen todo, todo, porque se creen con derecho a eso, y que no haya manera de protegerse, salvo en algunos pocos casos porque del otro lado, parte de la llamada Justicia los apaña y los protege.
Es el combo: para nosotros todo lo que vale, la educación, la salud, la luz, el gas, los viajes, las compras (porque lo merecemos..., la meritocracia que es tan esencial para la justificación de todo esto), para ustedes las golpizas, la falta de piedad, la falta de verdad y justicia (AMIA, la dictadura, los juicios contra los civiles), la falta de todo.
Y después me dicen que es lo mismo.

28 de marzo de 2017

Julieta Pinasco cuenta sobre un chico que pedía permiso para no leer El mar y la serpiente porque le dolía demasiado. Un relato emocionante. Yo tuve algo parecido pero no del todo y me dieron ganas de contarlo.
Hace años voy a una visita a una escuela en San Fco Solano que fue una de esas visitas inolvidables. Era una escuela en medio de algo muy parecido a una villa, una zona terriblemente pobre. Uno de los libros que habían leído era sobre la dictadura y sus secuelas, El año de la Vaca. En ese libro hay seis puntos de vista, tres de personajes varones y tres de personajes mujeres y siete personajes (hay uno que no habla nunca y es la "Vaca" del título). Uno de esos personajes es el Rafa y yo nunca lo quise. Se parece mucho a los chicos que me hicieron sufrir en la secundaria, abusivo, dueño del mundo, de esos que lo atropellan todo. Alguna vez algún comentarista (hombre) me criticó porque yo no lo perdono y no, no quiero perdonarlo. No me arrepiento de eso. Pero estando en esa escuela, sentada con chicos de 7mo que habían hecho una maravillosa obra de teatro con el libro, la maestra les pregunta quién querrían ser. La mayoría dice la Vaca (pero yo no se los deseo: ella se parece a mí en mi soledad, aunque entiendo que quieran porque esa chica en el libro, tiene poderes..., poderes que yo no tuve). Uno de los chicos, menudito, morocho, ojos enormes, me dice "El Rafa". Yo me horrorizo. Pienso en qué habré hecho mal para que él diga eso..., porque si hay algo que no quiero es que nadie quiera ser el Rafa. Así que le pregunto: ¿Por qué querés ser el Rafa? Y él dice, la voz bien baja: Porque si yo fuera el Rafa nadie me pegaría.
No me olvido.
Me cuenta una maestra de Flores lo que dijeron los alumnos en su clase cuando leyeron "Un vacío en el lugar del nombre", mi cuento sobre estas fechas.
"Las mentiras serían como ese viento fuerte que no deja pasar de Olvido a Memoria" "¿Viste seño que los caminos de Olvido es como que nunca llevan a ningún lado?" "Debe ser horrible que mirarte al espejo y que te falte la cara... y el nombre..."

24 de marzo de 2017

Marcha: por ahora mis fotos. Salí del subte y dos sorpresas (aunque las marchas son, para mí, esencialmente lugares donde se busca la magia, hablando de lo cual quiero esa remera negra que decía "No fue magia"..., perfecta para mí... no la vi en los puestos de remeras): primero un cartel hecho con enorme cuidado como reemplazo del nombre de una estación de subte: Macri delincuente, decía. Y después, salgo, doy dos pasos por la Diagonal hacia Plaza de Mayo y ahí están mis hijas, las dos. Las abracé, ellas tomaban mate (qué cosa el mate: mis viejos sí, yo no mucho, nunca sola, ellas sí). Las volví a ver varias veces, iban en una columna muy cerca. Caminamos cerca de la gran abuela marioneta que se ve en las fotos mientras alrededor bailaban y barrían las bailarinas y después también sin escobas, tango y sobre todo folclore. Nos encontramos, la LIJ y después encontré muy cerca también a mi marido, del otro lado de la abuela. Caminé de charla que con muchos, uno por vez, y el país y el mundo y nosotros y lo que nos pasa caminó con nosotros.
Al final, cuando medio nos íbamos (yo no daba más, amo el calor y hacía mucho excepto a la sombra donde para mí estaba hermosísimo), me costó encontrarme con Odi. Atravesar dos veces la esquina donde se unen San Martín, Rivadavia y Diagonal..., fueron horas de atravesar la marea. Por encima flotaban los drones, a veces muy cerca. Alguien desplegó un helicóptero de cartón para el presidente. Nos encontramos... La emoción, el cansancio, el espanto porque se caminó para atrás, el reconocimiento, el abrazo... los plantamos en todas partes. Son transparentes pero crecen.















22 de marzo de 2017

La marcha. Tengo un poema también pero está recién escrito y le falta, por ahí en unos días. Lo cierto es que la ciudad se dejó tomar por la marcha y marchamos y la ciudad nos miró y nosotros la levantamos en el aire y la transformamos. Y eso produce siempre, siempre, una alegría contagiosa y bella, un ruido de pulmones que respiran y que se dan cuenta de que antes no estaban respirando. Caminamos. Con las chicas del Colectivo Lij, hay una foto pero fue un rato largo que estuvimos juntas. Y después, yo me perdí con Aimé Olguin, con quien tengo otra foto y después seguí sola un tiempo hasta que me encontré con mi hija y fuimos a charlar un rato en un café..., gracias Selva Aimé, La marcha fue eso: una conjunción, una unión de voluntades y ganas, un saludarse a cada paso porque yo me encontré con varios, diez por lo menos, a los que recordaba y que me recordaban y me saludé y me abracé. El abrazo viene solo en las marchas.
Hubo, eso sí, una muestra del lugar donde está la supuesta "agresividad", y no es de nuestro lado, por cierto. Muy al comienzo, se nos acercó a una mujer alta, bien vestida.
--¿Por qué no se van a trabajar en lugar de hacer eso?
Eso dijo cuando la marcha se iba hinchando de voluntades y geografías (porque venían de todas las provincias). Le dijimos que esto es trabajo también y enseñanza. Una de nosotras le dijo que no era docente y venía a apoyar.
--¿Y esto, apoyan? --dijo, con profundo desprecio.
Yo me quedé pensando: sabe que no somos violentos o no hubiera venido a decir eso en medio de un mundo de personas que apoyaban y apoyan la lucha docente. Y sí, sí, hay una grieta. Yo sé de qué lado estoy.
Un cartel más que no pude fotocopiar: "No se cae en la escuela pública, se cae cuando se gobierna contra el pueblo". La variación del verbo "caer" me pareció excelente.





















Ayer, Demolition, con un actor que me gusta como actor y también físicamente, Jake Gyllehaal (o como se escriba, la verdad es que es un apellido complicado) y Naomi Watts, además del genio de Chris Cooper. Me encantó la película. Con ese apellido, esperaba una historia depresiva pero es todo lo contrario y la máscara del personaje, durísima y tensa y fría como el hielo al principio, se va a aflojando hasta convertirse en belleza, en alegría, y también en tristeza. Ese cambio es el centro del relato y la forma de contarlo es perfecta para lo que se cuenta, incluyendo el montaje, realmente bueno. Una sorpresa.

21 de marzo de 2017

Comparó (ya sabemos para qué lado) a los chicos que estudiaron en escuela privada con los que "tienen que caer en la pública". Señor M. M.: yo estudié toda mi vida en la pública. La pública me formó. Cuando tuve hijos, los mandé a la pública siempre y siguieron en la universidad pública. Entre otras cosas que implica la enseñanza (que no es leer mal discursos escritos por otro en una lengua que no pasa de las trescientas palabras) conocieron la Argentina. Un día, una de mis nenas volvió de un cumpleaños del otro lado del Camino Negro de Lomas de Zamora (al que la llevé para asombro de la madre de la que invitaba) y me preguntó: "¿sabés qué servían, ma?... Agua". Y yo supe que había hecho bien cuando ella y su hermana empezaron a ir los sábados a Fiorito a ayudar a los chicos del barrio. Por otra parte, seamos sinceros, a juzgar por los resultados en el gobierno del mejor equipo de los últimos cincuenta años, la privada es una caída bastante grande..., digo. ¡Vivan la escuela pública y la universidad pública...!

18 de marzo de 2017

Ayer, Silencio, la de Scorsese. Veamos: el tema no es de los míos. Como nunca creí en ningún dios excepto este planeta al que tan mal tratamos, la verdad es que los temas de religión no son lo mío, como acabo de decir. Yo leería esta película comparándola (y contrastándola) con la maravillosa novela de Barbara Kingsolver sobre misiones en África, "La Biblia envenenada" y supongo que desde mi punto de vista, me quedaría con la novela. Pero la película está muy bien hecha y vale la pena.
Hay dos escenas que realmente me parecieron fabulosas, colocadas una en la primera mitad y la otra, casi al final.
La primera es una conversación entre el padre portugués Rodrigues, el protagonista y el Inquisidor japonés (interesante cómo ese nombre se da también en Europa y con la misma relación con la tortura, el espanto y el dolor solo que en Europa es el cristianismo el que lo hizo), donde se habla de la forma en que Europa está queriendo meterse en Japón y de la forma en que la religión es parte de eso. La conversación se da a nivel símbolo; el padre y el señor japonés se tiran historias que significan mucho, el uno al otro. La historia del japonés es maravillosa: un señor tiene cuatro concubinas que se celan y se pelean y le destruyen la casa. Se cansa y las echa de su casa. El señor es Japón y las concubinas España, Portugal, Holanda e Inglaterra. Yo recité los cuatro nombres apenas entendí: no sé mucho de historia japonesa pero eso sí.
La segunda es una conversación entre el padre al que Rodrigues busca en Japón (Ferreira) y Rodrigues en el que se habla de trasplantar culturas de un lado a otro del mundo y se contrasta esa idea universalista (tan europea) con la idea de que la cultura pertenece a cada lugar y no puede trasladarse (ni debe).
Además de esos dos momentos, tan estructuralmente colocados, y del horror que se muestra (muy fuerte y casi sin música), la acción está estructurada alrededor de las escenas de confesión que le da el padre Rodrigues al Judas de la película (no digo más). La escena repetida de ese momento y esa ceremonia funciona excepcionalmente: al principio tiene un valor enorme, en algún momento intermedio, es evidente que no es más que una serie de ritos automáticos que ya no significan nada. ¿Al final? No sé, probablemente, el final tiene que ver con el lado religioso de Scorsese y eso está muy bien (aunque yo no consiga compartirlo).
Comentario de Odi: Una película difícil. Sin duda.

16 de marzo de 2017

Leyeron mi "Bajo el jacarandá", seguramente les llegó en cajas del Plan Nacional que ya no tenemos. La maestra se puso en contacto conmigo. Y hubo intercambio.

Esto fue lo que puso en Facebook:

 Están tan contentos con la experiencia!!! gracias Marga! sos una genia!!! despues de leer el libro, cuya historia les generó empatía, estuvimos imaginándonos a los personajes, la vida de Fosforito y demás. De a poco les interesó la autora y traté por mi parte de generarles más curiosidad para que ellos se den cuenta que los que escriben son personas como ellos, y que todos podemos lograr ser buenos escritores. Así.... tímidamente pensamos en buscar la biografía de la autora, nos dimos con su Face! y acá estamos! disfrutando de el placer de sembrar la semillita de la ilusión! Gracias a la buena onda de Márgara Averbach, SE NOS ABRIÓ LA PUERTA DE LA LITERATURA!!! respondió rápidamente a nuestras inquietudes!!! y las clases de lengua son UNA FIESTA!!!
No escucho relatos deportivos porque no soy de las que aman el deporte. Ver fútbol y deportes raros, sin palabras, creo, apenas. Una vez cada cuatro años en el Mundial o las Olimpíadas. Nada más. Y particularmente me disgusta el box. Pero oigo a Victor Hugo hablar del relato y pienso. El relato deportivo es describir lo que se ve mientras se lo ve, una especie de payada intensa y rápida, una historia en perpetuo presente.
Ayer, pesadilla. La peor en mucho tiempo. Yo siempre recuerdo los sueños y este quisiera olvidármelo. Yo estaba paralizada, en mi cama (por eso creí que era verdad, en general sé que estoy soñando), y había un tipo, un hombre de cara enorme, parecida tal vez a la de un tío mío que hace siglos que no veo. Algo iba a hacerme y yo sabía que si gritaba, lo solucionaba todo, que Odi andaba cerca. Pero no podía moverme, la voz no me salía. Y después grité una palabra que no usaría nunca: ¡Socorro! Algo muy cinematográfico.
Odi me salvó: me sacudió y me preguntó qué pasaba. Yo lo había dicho del otro lado, en el mundo, en voz bien alta. Pobre..., lo desperté y después no pudo volver a dormirse, cosa rara. Cosa muy rara, yo sí. Tal vez le pasé el tono horrendo de mi sueño a él... No era lo que pretendía.

14 de marzo de 2017

Como ya expliqué, lo hicimos mal. Muy mal, creo. En lugar de ir a quedarnos (porque yo no encontré nada que me gustara a un precio razonable o no supe buscar, supongo y 200 y pico de kms parecían pocos antes de conocer la zona), lo hicimos desde Taormina. Fue un largo viaje de ida y de vuelta pero como yo había supuesto, el lugar me golpeó en la frente con esa belleza infinita y el recuerdo de las palabras de mi vieja, a la que le hizo exactamente lo mismo. Nombro a mi vieja porque así hacemos el circulo: empecé con ella en el templo griego de Segesta y vuelvo a hablar de ella al final. Me la imagino en esas calles con mi viejo en uno de los últimos viajes que hicieron antes de 1989..., el año malo...
Además, había una novela de Lawrence Durell que ni siquiera sé si leí pero la tapa del libro me quedó para siempre (como su cuarteto de Alejandría).
Tardamos mucho, nos costó estacionar, pero llegamos. Caminamos por una calle torcida hacia el comienzo del barrio viejo y la catedral, otra vez de tiempos de Ruggiero, con esa belleza de mosaicos como espejismos perfectos y pasamos por turismo para que nos dijeran qué ver. Y vimos. Vimos mucho.
De mañana, la catedral, el mar a la izquierda, donde almorzamos, en el fuerte que da directamente al agua perfectamente transparente y sobre todo, más allá, el lugar en el que se ve la ciudad sobre el agua, cerca de los Lavaderos. Desde ese muelle perfecto, y el día era uno de los pocos sin viento, sin frío, el lugar es un sueño imposible: la Roca al fondo, como una centinela cuadrada, y las casas sobre el agua absolutamente azul y clara, como aire un poco más denso; abajo el mar, tan transparente que daban ganas de meternos. Vimos a dos suecas o noruegas en el agua, se habían metido a nadar y yo las entendí aunque jamás lo hubiera hecho. Y las gaviotas en el aire, en las olas, sobre las cabezas. Un lugar para quedarse sentado como se quedaron mis hijas. Sobre la arena, botes de todos los colores y el reflejo del mundo en el mar, repetido e invertido como en el interior del ojo... Creo que yo nunca había visto una magia semejante.
De ahí, fuimos a los Lavaderos, un lugar en el que desemboca un río y hay lugares para sentarse a lavar frente a mármoles justo bajo los arcos que se ven desde el muelle. Yo me preguntaba cómo lavaban en agua salada pero la explicación de los carteles me lo dijo.
Después, la Roca. Creí que no iba a llegar, llegué mucho más tarde que los demás, pero tuvimos recompensa. Yo, jadeaba, claro. El viaje es una vista tras otra, el mar azul, azul, interminable; el pueblo viejo, los techos de tejas, el otro lado, la otra parte de la ciudad, la playa. Cada paso costaba y una entendía las paredes cerradas y los distintos pasos de los fuertes anillados que protegían un lugar inexpugnable. Arriba, hay un bosque bellísimo y los restos del templo de Diana, claramente de tiempos griegos. Hay historias de guerra que como muchas historias de guerra, me entraron por una oreja y me salieron por la otra. El vértigo es inmenso..., y el mareo ante la belleza también.
Las chicas se habían ido antes, y volvieron mucho después, las esperamos abajo, jadeando y yo hasta bajé y volví a subir con una soda para tomar porque la sed era grande. Y yo tenía hambre... También hubo helados. Pero antes, en la bajada, el piropo. Nos pararon dos argentinos (tan claramente argentinos; de unos treinta años más o menos...). Trataron a hablarnos en inglés y nos reímos y les dijimos, Somos de Buenos Aires. Nos reímos todos. Jadeaban, agotados. Preguntaron si faltaba mucho. Les dijimos que no y que valía la pena. Después seguimos bajando pero yo los oí. La chica dijo:
"Yo, cuando sea así, quiero ser como ellos que subieron..:" "Así" es igual a "vieja", claro está pero yo me sonreí y se lo conté a Odi. Cefalú fue en cierto modo, el final del viaje. De ahí volvimos a Palermo y de Palermo a Roma en avión...