24 de febrero de 2017

Siracusa fue un lugar que amé. No la vimos toda. Perdimos un día entero esperando a un médico que fue bueno y sacó a S. adelante pero tardó mucho. El departamento air b and b que habíamos alquilado era hermoso, lindo, amplio pero de nuevo, dos aires acondicionados que no eran super potentes para cuatro habitaciones un baño..., no alcanzaba. Recién me pareció respirable cuando estábamos por irnos. Y el baño..., otra vez esa porquería del duchador, me hizo tener un ataque de histeria porque no entiendo cómo se lava una la cabeza de esa forma y no se congela en el proceso. Hay un buen parque de ruinas griegas y un teatro pero no pudimos ir, para eso era el día que no perdimos pero no usamos en eso.
Junto a Siracusa, después de un puente, está Ortigia. Ortigia es una isla donde está la Siracusa barroca... Es un lugar directamente mágico. La caminamos casi toda, Odi y yo por un lado, las chicas por otro. Comer fue un problema fuera de horario pero bueno... En los días que estuvimos hacía tanto frío de noche que atravesar esas calles para encontrar un restorán era un espanto pero el lugar es inolvidable. El mar es transparente y bello, hay una fuente hermosa que está ahí desde siempre y hay que bombearla porque el agua dulce que sale de ahí (justo frente al mar, un agua mágica) es demasiada. La falta de personas en las calles me asombró en toda Sicilia, también acá. Me acordé de Montalbano, la serie, que iba a ser nuestra meta en este lugar (después la sigo con esto)... Yo creíaq que nunca había nadie porque no tenían cómo pagar extras... Parece que no es así. Cuando volvimos de noche a hacer una compra..., las luces y el brillo de las calles me enamoraron, a pesar del frío. Por supuesto que sé que es la ciudad para que entren los refugiados a los que Europa trata de mantener lejos. Esa historia, que no vi pero está..., me llamó todo el tiempo. La plaza del duomo es bellísima y ahí había otra ceremonia militar..., no sé si puse las fotos. Noten por favor la falta de personas. Tal vez no es así en verano...
























23 de febrero de 2017

Una anécdota breve del martes pasado. Yo volvía de Puán a Constitución en un colectivo (bah, había hecho algo en el medio), me senté donde pude, en el último asiento junto a dos hombres que charlaban. Sentarme era importante para mí, lo es últimamente, no me banco mucho parada aunque viajo horas así. Uno de ellos, el que tenía bien cerca, hablaba de los bolivianos. Decían que son de cuarta, que no hay que dejarlos entrar, que qué pensarían ellos si fuéramos a trabajar nosotros a Bolivia, que era bueno que hubiera más control. Aguanté un rato. Si fuera lo que no soy, valiente, tranquila, si supiera cómo, me hubiera puesto a explicarles, aplaudo a los que pueden hacer eso..., a los que lo consiguen... Como no sé hacerlo y sé que termino a los gritos de la indignación, me cambié de asiento apenas se bajó alguien y supe que llegaba. El hombre se bajó en Constitución, conmigo...
A esto habíamos venido: a ver el Valle de los Templos en Agrigento. Ya lo conté: los veíamos desde todos lados, muy cerca de esa casa bella y congelada. Pero nos costó muchísimo llegar a la puerta. La "tra non molto" no la conocía y el teléfono tampoco. Creo que dimos tres o cuatro vueltas. Pero bueno, ahí estábamos. Caminamos todo el día, ida y vuelta desde esa entrada hasta la otra punta del valle. 
Me impresionaron los templos, las tumbas de los cristianos, las dos estatuas sin cabeza con las túnicas perfectas al viento, esa maravilla que hacen las manos de los escultores, capaces de simular tela suelta en la firmeza del mármol, el jardín de cactus al que no pudimos entrar y sobre todo, al final, el templo destruido de los dioses oscuros, con sus misterios femeninos, mucho menos..., no sé, a mí el equilibrio griego de lo demás, esas proporciones perfectas me asustan. Prefiero lo nocturno, lo raro, lo que mezcla en lugar de dividirlo todo. Ese último templo me fascinó.
Pero en realidad, lo que más me gustó fue el sitio: los cien verdes de la pradera alrededor y el mar al fondo, los caminos, las flores de los almendros, comer almendras del suelo (nunca lo había hecho), las cabras de cuernos retorcidos, y los olivos. No podía dejar de recitar "Andaluces de Jaén, aceituneros altivos,/ decidme en el alma, ¿quién levantó los olivos?/ No los levantó la nada ni el dinero ni el señor,/ sino la tierra callada, el trabajo y el sudor./ Unidos al agua pura y a los planetas unidos/ los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos..:" Los olivos enormes, gigantescos, me conmovieron más que los templos... Como suele pasarme cuando me dan a elegir entre lo que hacemos los humanos (incluso lo bello) y la naturaleza.






















22 de febrero de 2017

En Agrigento fuimos a dos lugares, este, la Escalera de los Turcos, y el parque de los templos griegos. La "tra non molto" no nos ayudó a encontrar la Escalera..., no la conocía. Tuvimos que usar el GPS del teléfono de Odi, lo cual hizo que yo, que pertenezco al grupo de personas para las cuales la tecnología se parece mucho a la magia, me preguntara para cuántas cosas más sirve ese aparatito irritante (para mí, porque justamente, no me es fácil comunicarme con él); yo lo uso  solamente para hablar, sacar alguna foto (pero prefiero la cámara), y mandar algún watsap o mensaje de texto... Llegamos, como fuera, y fuimos dos veces. Se dice que hay que ir a ver ponerse el sol. El día que llegamos fuimos y el mar estaba quieto y tranquilo, un espejo. Pero Tam se había olvidado la cámara así que volvimos el segundo atardecer. El mar estaba como es siempre, el símbolo del miedo para mí: furioso, agitado, gritándose en gris... Esa vez, Odi y no llegamos a las Escaleras, esa especie de intruso blanco de algo parecido al yeso (no sé lo que es) que algo derramó sobre el agua... Pero la primera sí. El lugar es magia pura, desde las huellas de una civilización perdida que bajan hacia el mar en una nave gigantesca hasta los dedos blancos en el agua. Nadar ahí debe ser hermoso (con el mar quieto)... y Tam, valiente como siempre, metió los pies en el Mediterráneo. Helado, dijo. Claro que sí, supuse. Yo miraba hacia el frente y pensaba en África, en este mar que es un cementerio gigante, en la forma en que Europa rechaza a los africanos que tratan de cruzarlo... No pude sacarme eso de la cabeza mientras el sol bajaba en el Oeste.