12 de marzo de 2012

El invierno del colibrí

(Este es un cuento que pertenecía a "Los exploradores", un libro de Pan Flauta que quedó fuera de mercado. Por una conversación en Facebook, me lo pidieron para leerlo así que aquí lo dejo).


Leonardo odiaba el invierno. Y esa mañana congelada, después de una noche de tormenta, le daba rabia todo, hasta el verde del único pino que había en el camino a la escuela.
-Lo hacés a propósito -le murmuró al pino con los labios partidos -. Tanto verde me da ganas de verano.
Caminaba rápido haciendo nubes con la boca cuando vio una mancha en la vereda. Primero se desvió hacia la pared para no pisarla. En un día como ése, tenía que ser algo que había dejado un perro para que él tuviera que lavarse la zapatilla con agua helada cuando llegara al colegio. Dio un paso más y de pronto, la mancha le brilló en los ojos, como si adentro ardiera una llama oscura. Así que Leonardo dio un paso atrás y se agachó.
Ese paso empezó esta historia.
Ahí, en el piso, había un pájaro mojado. Leonardo se levantó y miró el cielo gris. Le daba un poco de asco la idea de tocar un pájaro muerto pero por alguna razón misteriosa, volvió a agacharse y puso una mano en la panza blanca. Y en el mismo instante, vio el pico largo y sintió el calor, como un sol diminuto, en el dedo índice.
Miró a un lado, a otro y como un ladrón, levantó el picaflor en la palma y se lo metió con cuidado en el bolsillo del guardapolvo. Después, dio media vuelta y volvió a casa corriendo.


-¿Qué pasa? ¿No hay clase?
La mamá de Leonardo sonaba un poco asustada.
Él sacó la mano del bolsillo y abrió la palma.
La mamá se agachó y miró el picaflor aterido en la palma de su hijo.
-Ay, no, Leo... ¿Para qué lo trajiste? Yo no sé qué podemos hacer... Seguramente está enfermo y... además, tenemos gato y... los picaflores no viven en jaula y...
Leonardo la miró con algo que estaba entre la furia y la lástima. De computadoras, tal vez, pero de animales, mamá no sabía nada.
-No está enfermo, ma... Está mojado. Lo agarró la tormenta.
Así que terminaron llamando por teléfono al papá de Gerardo, el veterinario. Después, la mamá dejó a Leonardo y al pájaro en el consultorio y se fue a trabajar.
La sala de espera era chica y al principio, no había nadie. Mientras esperaba, Leonardo habló bajito con el picaflor, que miraba para todos lados dentro de la jaulita prestada. Y entonces, llegó la nena del gato.
El gato era hermoso, gris, suave y grande y ronroneaba con fuerza en brazos de su dueña. La dueña... bueno, la dueña era casi tan linda como el gato, de cabello negro y grandes ojos negros. Pero cuando el picaflor los vio, empezó a golpearse con las rejas de la jaula en un esfuerzo desesperado por alejarse. Sin sonido. Leonardo se puso pálido, se paró y se alejó lo más que pudo.
-No te preocupes -dijo la chica -.A mí no se me escapa. Además, nunca cazó un pájaro.
Pero el gato miraba al picaflor con ojos amarillos, atentos, embelesados.
--Está muy asustado -dijo Leo -. Voy a llamar al doctor.
-Yo lo llamo -dijo la nena y preguntó: -¿Qué es eso? ¿Un picaflor? -Y golpeó la puerta del consultorio. Lo miraba, extrañada. No es muy fácil ver un picaflor en un consultorio de gatos y perros y canarios.

El doctor fue rápido en el diagnóstico. Al picaflor no le pasaba nada. La tormenta lo había mojado y le había arrancado algunas plumas. Pero la jaula, dijo el doctor, la jaula no. Eso sí que puede matarlo. Lo que había que hacer era llevarlo al campo. A cualquier lugar verde, lejos de los edificios.
-Acá no viven mucho -le dijo.
Ahora Leonardo tenía un problema más grave. Bajó la vista y puso la mano en la jaula para irse. El papá de Gerardo se dio cuenta enseguida porque sonrió y dijo:
-¿Sabés el teléfono del trabajo de tu mamá? Yo tengo que ir esta tarde a ver unos caballos, al campo. Ya que no fuiste a la escuela, si querés venir, te invito.

Bajaron de la camioneta junto a un bosque de eucaliptos. A lo lejos, un caballo ruano corría junto a un alambrado, jugando con el aire, como juegan los potrillos. Leonardo llevaba el picaflor en una bolsita oscura, para que no se asustara. La oscuridad tibia de la bolsa lo tenía quieto y callado. El pasto del invierno parecía amarillo y seco, tan cálido como el trigo de enero. Leonardo miró alrededor y no vio ni una sola flor.
-No veo cómo va a vivir.
-También toman la savia de las coníferas, Leonardo -dijo el doctor -. Creo que va a estar bien. Esperá que sacamos unas fotos.
Así que Leonardo tomó el picaflor y lo sostuvo con cuidado sin apretarlo entre los dedos de la mano derecha. Trató de poner cara de contento. Pero cuando el pájaro salió volando con un chirridito que parecía el ruido de dos maderas que se rozan, a Leonardo se le llenaron los ojos de lágrimas y se subió un poco más el cierre de la campera anaranjada.
Y entonces, lo vio de nuevo.
Primero fue un roce verdoso en el costado del ojo, como el reflejo del sol del invierno sobre el agua. Leonardo levantó la vista que tenía en el suelo como si fuera un paquete pesado y húmedo. El picaflor que había tocado con asco esa misma mañana camino al colegio (parecía mucho tiempo antes, como si hubiera pasado un mes, un año), estaba volando frente a su cara, como frente a una flor, y las dos maderas de su canción silvestre hacían la música ronca y chiquita de los picaflores en la brisa fría.
Duró poco. Apenas un instante. Después, el picaflor se alejó volando bajo hacia el bosquecito y Leonardo se quedó solo.

Cuando se lo contó a la dueña del gato, le dijo que no se acordaba del viaje de vuelta. (Había estado pensado en preguntarle el nombre y el teléfono de la chica al padre de Gerardo durante todo el viaje, pero no hizo falta: ella lo llamó primero; quería saber qué había pasado con el picaflor). Leonardo le contó que esa noche lloró en la cama aunque todos en la casa se entusiasmaron con la historia. Había algo triste en esa historia alegre y él no conseguía saber qué era.
A la mañana siguiente, en el frío helado de las cuadras que había entre su casa y el colegio, un auto se paró a su lado. Una camioneta. (A Leonardo, la rabia le daba vueltas alrededor otra vez, pero más lejos porque ahora llevaba el recuerdo del picaflor en el bolsillo y era un recuerdo tibio.)
-Ey, Leo -le gritó el doctor -. Tengo las fotos.
Leo paró un momento junto al cordón para que el doctor le alcanzara un manojo de papeles de colores.
-Ésta es especial -dijo el papá de Gerardo y sacó un sobre blanco por la ventanilla.
Leonardo abrió el sobre y miró. (Más tarde la miró de nuevo con la nena del gato y la espiö todo el día en el colegio, y esa noche la colgó sobre la cama para verla cuando estuviera por dormirse.)
Ahí estaba él y atrás los campos amarillos del invierno y el bosque de eucaliptos y el cielo un poco gris y ahí al lado, cerca, muy cerca, como un manchón borroso, un picaflor oscuro y brillante, tan rápido que apenas se le veían las alas. Una foto de invierno. Pero ese invierno era distinto. El invierno del picaflor, dijo la nena del gato la primera vez que oyó la historia. Y cuando la dijo ella, la palabra “invierno” sonó casi a sol, casi a septiembre.

2 comentarios:

Lauri dijo...

Precioso cuento... A medida que lo iba leyendo la emoción iba creciendo en mí, medida que imagenes de mi niñez iban apareciendo, y también otras no tan lejanas en el tiempo. Es que a mis 40 añitos, mientras escribo esto, unas lágrimas recorren mis mejillas, materializando esa emoción traída desde la bella historia de un niño camino a la escuela.
Le dejo un enlace a mi blog para compatir el relato de un "rescate" ocurrido en el 2.009:

http://elopinodromodelauri.blogspot.com.ar/2009/10/ardillas.html

Ha sido un gusto conocerla, ¡cariños!

luisa dijo...

hermoso cuento!buscando información sobre los colibríes, encontré este hermoso cuento! gracias por ponerlo en internet! un saludo cordial.