13 de agosto de 2014

Una reflexión rápida y probablemente errónea después de un día de 14 horas que me dejó de cama... o sea que..., si es loco lo que digo, no presten mucha atención: veo el final de la serie True Blood que se fue al garete, mal, desde hace como tres temporadas, pero siendo esta la última temporada, por el placer que siento con ciertos rituales del folletín, la termino... Y hay un placer barato y culposo y lindo en ver cómo se cumplen las reglas de la telenovela y se cumplen a raja tabla (veremos si al final se da vuelta o no): digo, según esas reglas, pase lo que pase en el medio (y pasó de todo, claro), los amores primeros son los que valen (nada menos real, pero no se trata de realidad ni mucho menos) y una tras otra, las parejas que quedaban vivas (muchos murieron, la serie es gore en cierto sentido) se dan vuelta y vuelven a mirarse y se enamoran de nuevo. Para mí, hay algo increíblemente gozoso..., lo confieso, en la seguridad de que eso pase..., de que termine así, como supongo que hay algo gozoso (que yo no siento, recuerdo una excelente escena sobre la diferencia de gustos de los géneros masculino y femenino) para algunos hombres que miran escenas de guerra que a mí no me dicen nada y que son, también, un rito... Y para completarla, de vez en cuando, hay un diálogo agudo, exacto políticamente, un comentario lleno de fuerza, de inteligencia de esos que hacían tan maravillosa la serie al principio. No me arrepiento de este amor berreta aunque me doy cuenta de esa calidad de berreta, de lo malo de las actuaciones últimamente, de las vueltas claramente falsas para llegar a un final necesario, a un descanso. No, no me arrepiento.

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