14 de agosto de 2014

Ya que tanto hablamos de mar, una razón más que explica que no me guste el mar aunque vea su belleza. Hoy estoy agotada así que supongo que pienso en negativo. 
Mi sueño recurrente (creo que esa es la palabra) de la adolescencia, no ahora por suerte (era horrendo): 
Voy volando, el sueño empieza muy bien..., es hermoso, veo los árboles desde arriba, las calles, las colinas, los caballos criollos de muchos colores, y sé que estoy soñando (yo casi siempre sé que estoy soñando)y que el sueño me va a traicionar así que ahora, ahora que todo es bello todavía, trato de aterrizar y acabarlo ahora mismo. Pero a veces no puedo, y entonces sigo, y sé lo que va a pasar. Pocas veces pasa en realidad: en general, consigo despertarme antes. Pero yo sé lo que va a pasar: en algún momento voy a mirar para abajo desde mis alas y voy a estar sobre el mar. Sobre el mar... y entonces, si me canso..., voy a tener que bajar a las olas... ¿Dónde se posa una en el mar si se cansa? El mar no ofrece ningún, ningún refugio.
Todavía hoy me horroriza pensar en ese sueño. Y por eso, antes, cuando escribía sobre todo poesía, el mar era siempre mi enemigo. Significaba tristeza, tristeza grande. Esa que te rodea y te ahoga... Yo me la sacudí en un momento y sí me sentí en la orilla y lejos, fuera de las garras de las olas. Me gusta mirar el mar pero de lejos y poco tiempo. Después doy media vuelta y miro los bosques, la tierra. Soy terrenal, creo, siempre. Nunca acuática.

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