3 de septiembre de 2018
Ayer, justo antes del almuerzo del cumple de Odi (tengo fotos pero hay demasiada gente para preguntarle si puedo poner la foto, así que será sin eso), vino Dante, mi hijo mayor y estuvimos un rato juntos con él y con su mujer, Fernanda. Y tuve una sensación tibia, bella, que necesito mucho. Así como la tradición de mi familia: mi vieja nos leía libros enteros en el auto cuando salíamos de vacaciones (por eso, a mí, que odiaba tanto el frío, cuando íbamos de campamento a los lagos del Sur, me gustaba tanto más el viaje que la llegaba y la estadía, en la que odiaba las noches congeladas y ansiaba desesperadamente un hotel). Más tarde, cuando salimos nosotros en auto (no fuimos tan lejos con Odi y los chicos pero sí bastante, la verdad), yo les leí a los chicos y ahora les sigo leyendo a Odi en el auto, hay un libro siempre ahí para eso y está el diario. Dante y Fer leen en voz alta cuando viajan juntos y ayer me enteré de que también leen artículos de diario, por ejemplo a Verbitsky, porque yo había empezado a leerlo en el viaje de ida a Ezeiza y Odi y yo y Dante lo terminamos en la voz de Fer cuando ellos llegaron. Me hace bien que esas costumbres maravillosas se transmitan y sigan adelante, y van tres generaciones, si no cuento mal.
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